Escuela De Letras: publicación de los alumnosTaller De Escritores
Una Mirada en el Espejo Autor: Javier Fernández Hernández |
 | Iluminada por el blanco temblor de las farolas del pequeño y gris callejón, su rostro dice adiós con un gesto vago de la mano y una sonrisa, que se desdibuja en los reflejos de la ventanilla del coche. Mi figura, un reflejo menguado, se enmarca en la transparente superficie y parece acurrucarse en su hombro dibujando un silencioso beso. Ojalá aquella figura reflejada continuara impresa en el cristal, recostada en su hombro, iniciando un viaje con ella hacía algún lugar. No importa dónde.
Abrí la puerta de casa con aquél beso que todavía permanecía en los labios y entré en el comedor mientras me quitaba el abrigo. Madre, sentada en la esquina del sofá, fumaba un cigarrillo contraída sobre sí misma, con el ceño arrugado, abrazándose el estómago en un intento de aplacar un dolor inexistente. Echa la ceniza en un plato que tiene sobre sus rodillas y saluda sin apartar un instante la mirada de la caja de 24 pulgadas que domina la habitación. El saludo de madre es mecánico, impaciente, cortante. Yo nunca conocí otro. Me siento en el sillón que está justo en frente de la televisión y veo a un hombre de uniforme que mira las estrellas desde la borda de un barco de vapor. Desvío la mirada hacia madre con la esperanza de encontrarme con sus ojos vueltos hacía a mí, alejada de aquel hombre de uniforme que observa ahora una cajita de terciopelo en forma de corazón. Pero sus ojos se han vuelto tristes y estrictos, cansados y aburridos, aguantan el peso de su responsabilidad en silencio. También sus manos son débiles, con los tendones muy marcados, agrietadas con el trajín diario de la casa. Brillan con la crema que todas las noches se aplica para conservarlas. Aquellas manos, que una vez fueron las de una bordadora suaves y delicadas, apagan ahora con un gesto rápido el cigarrillo, formando sobre el plato un pequeño tumulto de chispas naranjas. Nunca conocí el tacto de aquellas manos de bordadora.
La otra mitad del sofá está ocupada por padre que, apenas vestido con un pijama raído y rojo, se hunde en él arrugando la colcha violeta que madre pone para evitar que las migas de la cena manchen la tapicería de terciopelo azul. Cómodamente instalado en el sueño, su vientre se eleva en un suspiro largo y extenuado y baja exhalando un ronquido parecido al lamento de un sordomudo. De vez en cuando, entreabre los ojos como si luchara contra el sueño, murmurando incomprensibles palabras. Me pregunto si soñaba con tocar el piano, cómo tantas veces me había dicho que deseaba hacer cuando era joven. Observo que aquellas manos regordetas, ásperas y callosas, jamás tendrán la agilidad para hacerlo. Padre se contenta con dirigir una orquesta invisible, elegida cuidadosamente, con el celo del melómano convencido de su impresionante colección. Hubo un tiempo en que la nieve no tocaba su cabello y me dejaba coger la batuta para imitar sus interpretaciones.
Miro de nuevo la televisión, madre sube el volumen con el mando a distancia acercándolo a la pantalla como si eso fuera más efectivo, lo deja a su lado y padre gruñe malhumorado, agitándose entre sueños. En la pantalla, el hombre de uniforme está en una casa de cristal por la que se filtra la luz de la mañana y recibe, de una mujer rubia con un vestido de seda escarlata, la cajita de terciopelo en forma de corazón. Levanto la vista hacía la lámpara halógena que iluminaba todo el techo con su potente luz. Me ciega por un instante. De repente, se me ocurre que aquella habitación es otra caja. Una caja de paredes pintadas de blanco, interrumpidas por cuadros marrones y oscuros, inmóviles y muertos como el que cuelga sobre madre: Una virgen coronada de laurel, vestida con ropas pesadas de color rojo y bordes de oro, intenta llenar una jarra de agua con otra sin que se derrame nada. Un poderoso león naranja, tras ella, huye hacía una oscuridad tenebrosa con miedo en sus ojos.
Siento que me llega el calor de la estufa de gas que calienta el salón con un susurro; una llama quieta, casi inmóvil, que enrojece la placa de metal negro. Entre mis padres y yo, la mesa contiene los restos de la cena: una sartén con manchas secas de tomate, platos con huesos grises, corazones raídos de manzana, servilletas arrugadas y vasos medio vacíos junto a la jarra de plástico verde. Aquello es otro cuadro, otra imagen inmóvil, terminada, fundida con las de la pared, colgada de una caja.
Madre sofoca una exclamación cuando el hombre de uniforme cae por la borda del barco al mar. Un mar embravecido que golpea y ahoga sus gritos con olas negras y ensordecedoras. Aturdido, ve que el barco se aleja en la noche.
Me levanto y dejo el abrigo en la percha del recibidor. Me doy la vuelta y encuentro mi figura reflejada en el espejo. Despeinado, con las mejillas rojas por el frío y los labios apretados, la mirada de la imagen se encuentra con la mía y me parece solitaria. Me confiesa una terrible verdad: Mi rostro se parece cada día más al de padre y mi mirada a la de madre. Me digo una vez más, para calmar mis ganas de huir, que jamás seré como mis padres, que yo seré distinto. Me calmo con esa mentira.
Vuelvo al comedor y me siento en el sillón fingiendo ver con interés cómo el hombre de uniforme se ahoga a pesar de los esfuerzos por rescatarle y cómo una niña de ojos verdes, recoge la cajita de terciopelo en forma de corazón y la abre. Me acuerdo sin querer de sus ojos tras la ventanilla del coche. De su cálido beso. Pienso en cuándo se volverán tristes, cuando preferirían el engañoso sueño de un fingido cansancio. Recreo su voz, su hasta mañana, mientras la niña abre la caja y saca un relicario de plata con la foto del hombre, una mujer, y sus hijos.
| 25-04-08, 19:04 - Autor: Javier Fernández Hernández - Enviar página |
| |
Recibe nuestro boletín semanal 
Elfriede Jelinek publica "Envidia", su novela más reciente, solo en Internet 
Las palabras y las cosas: Lacan, Wittgenstein y la ética del silencio. Por José Cueli 
Matrículas hasta: 29 de septiembre Inicio de cursos: 3 de octubre
Plazo de entrega: hasta el 26 de septiembre de 2008
Concurso de Micro cuentos "Literatura y cambio climático". Escuela de Letras. 
Blog de escritores de la Escuela De Letras |