Toda mi familia está fatal. Locos de remate. A veces pienso que no hay manera con ellos, pero cada día se superan. Lo último que he visto, las navidades pasadas, ya es lo máximo. Así que presten atención porque sólo lo vi yo. El resto, como si nada. Ni se dieron cuenta.
El día antes de Navidad, salí a tomar unas copas con mis amigos. Por desgracia, les veo poco. No tanto como me gustaría, quiero decir. Una vez al año, por estas fechas. Cuando vengo por aquí.
En la televisión del bar al que van siempre estaban pasando una retransmisión automovilística en diferido. Las imágenes trajeron a colación una divertida anécdota que alguien contó sobre un portugués amigo suyo que, al parecer, cogió el coche después de una fiesta de disfraces y, tras estrellarse contra una farola, se quedó dormido con la cara apoyada en el volante. Al día siguiente, la policía le despertó dando golpecitos en la ventana y el portugués, imagínense la estampa, aún medio dormido, con esa extraña sensación de tener resaca pero estar borracho aún, con cara como de muerto y disfrazado de pantera rosa. Se la había pegado en dirección contraria. Se debió de poner como una cuba, en esa fiesta. Todos reímos cantidad.
Así, contando historias parecidas, pasamos un rato. Luego, otro llamó por teléfono al bar desde la bolera. Explicó que estaba divirtiéndose con un grupo de fulanas, sus compañeras de trabajo o algo así, y que fuésemos en seguida. De modo que todos fuimos junto a él. Tomamos bastante. Y de lo otro. Luego las chicas se fueron, pero nosotros fuimos a otro bar hasta que cerró. La verdad es que lo pasamos bastante bien, pero el caso es que la gente tenía cosas que hacer al día siguiente y nos fuimos a casa.
A la mañana, temprano, me despertó mi sobrino.
–¡Tío! ¡Tío! ¡Despierta! ¡Es navidad!
–¿A ti qué mosca te ha picado? ¿Acaso no sabes qué hora es? –mi sobrino se sube a la cama y, de cuclillas sobre mi vientre, acomoda lentamente sus pequeñas rodillas junto a cada uno de mis costados. Lleva un pantalón de chándal verde con rodilleras moradas que debió de pertenecerme hace cosa de unos veinte años. También lleva las zapatillas que le regalé hace dos meses, por su cumpleaños, y que recibió por correo.
Unos apuntes acerca de mi sobrino: el crío es total. Creo que, con seis años, ha leído más que su madre en toda su vida. Y no sólo cómics o libros infantiles, sino alguno recomendado para muchachos que le doblan en edad. Alguna vez, al entrar en mi habitación, le he visto de pie, entre la cama y el armario, mirando la funda de la guitarra. Es tan obediente que no se atreve a sacarla. ¿Se imaginan? Hace tiempo, en el cine, me dijo que no quería más chucherías porque si no luego no tengo hambre para la hora de la cena. ¡Y entonces sólo contaba con cuatro años! Verdaderamente, es mi única esperanza. Eso pienso mientras le miro: yo, tumbado en la cama; él, sentado en mi regazo, como un orgulloso cazador de osos, inquisidor y alegre.
–Mamá ha dicho que te despiertes. –Entre las manos lleva un juguete cuya forma y origen no pude averiguar–. Que ya es hora.
–Pues dile a tu madre que no sea tan lista. Si lo fuera, a lo mejor tú no estabas aquí. –Miro su reloj de pulsera. Las dos. Le tomo por las axilas, lo lanzo contra mi pecho y comienzo a hacerle cosquillas. Los dos reímos.
Puede decirse que el día no empezaba del todo mal. La risa de mi sobrino hizo que me levantase especialmente de buen humor. Le puse en la televisión de mi cuarto el DVD de “Pulgarcito” –que habrá visto más de veinte veces– y tomé una ducha. En el camino hacia el cuarto de baño, por el pasillo, me crucé con mi hermana. Creo que nos saludamos, pero no voy a engañarles: lo cierto es que ni siquiera la miré.
Para que se hagan una idea, esto es lo que encuentro nada más cruzar el umbral del pasillo y entrar en el salón, con el albornoz abierto y en calzoncillos, recién duchado: de nuevo mi hermana, cómo no, en el sofá, tapada con la manta y viendo dibujos animados –tiene treinta años–. Más adelante hablaré de ella. O quizá no. Da igual: también tengo otro hermano, el mayor. Nos abrazamos por costumbre, algo que no nos gusta a ninguno de los dos. No nos llevamos ni bien ni mal: cada uno se dedica a sus asuntos y procura no inmiscuirse en los del otro. Así ha sido desde que nací. Pero eso no significa que me caiga bien y, ni por asomo, que sea más inteligente que yo, hecho que ha quedado constatado por los méritos académicos de cada uno. Qué le vamos a hacer. Y casi olvido mencionarlo: además de la pantomima típica de hacernos preguntas cuyas respuestas no interesan lo más mínimo a quien las formula, tuve que saludar a su novia. Pero permítanme no extenderme demasiado en los detalles de este apartado. Sólo les diré que cada año mi hermano trae a una diferente, y cada vez la nueva supera a la anterior. Realmente, todas las que ha traído resultaron ser una calamidad, aunque la de este año, por lo menos, mantuvo la boca cerrada durante toda la comida, lo cual es de agradecer.
Entro en la cocina y veo a mi madre agachada frente al horno, con las cejas manchadas con pegotes de harina o pan rallado o Dios sabe qué. Da lástima verla, pienso. Lleva cocinando media mañana. Viste un chándal de nailon y una camiseta gris cuyos lamparones, que apostaría llevan ahí desde la comida del año pasado, dificultan la legibilidad de los motivos publicitarios que la decoran. Puede decirse que mi madre es una buena mujer. Sólo que quizá haya tenido mala suerte. ¿Qué quieren que les diga? Por lo demás, es como todas las madres. La veo moverse por la cocina como un pájaro gordo; sí, eso es, como un animal sucio y torpe y viejo. Pero no se escandalicen por esto. No quiero decir que mi madre sea así. No nos llevamos del todo mal.
–Te he dicho mil veces que no comas hasta que esté todo en la mesa. –La miro de arriba abajo y comienzo a pelar un langostino. Dejo las cáscaras amontonadas cuidadosamente en la encimera.
–¡Oh Dios mío! ¡Acabo de tener un déja vù! –le digo. –¿Sabes lo que es un déja vù, Aurora? Oh, no, naturalmente que no lo sabes. Deja que te lo explique –mi madre mete un enorme puñado de croquetas en la freidora. Hace que no me escucha, como casi siempre, cuando le hablo –, verás: es algo así como una especie de sensación que uno tiene cuando vive un momento que piensa que ya ha vivido antes. ¿Sabes quién es Marcel Proust? –mi madre se detiene durante un segundo y me lanza una mirada cargada de amenaza por encima de las gafas, que también están manchadas de harina. –Oh, no, claro, lo olvidaba; es imposible que sepas quién es Marcel Proust. Tú nunca has estudiado en Columbia ni nada de eso. Bueno, pues el caso es que el tipo este escribió un libro, un tocho enorme, y cuenta cómo una vez, cuando se zampó una magdalena, un muffin o un pedazo de plum cake, le vinieron a la mente los recuerdos de su infancia. Te hablo de años atrás, cuando ese tal Proust era un crío… ¿Me sigues? Bien. No es exactamente lo mismo, pero a mí me pasa algo parecido cada vez que me como un langostino en esta casa de locos.
–Deja de decir tonterías y siéntate a la mesa de una vez –me dice. No ha escuchado nada de nada. ¿Se dan cuenta?
–A propósito… –le digo–. ¿Has probado el plum cake? Está delicioso –mi madre se da la vuelta, coge un trapo, me empuja por el costado y me dice, sin mirarme:
–Venga, siéntate. Vas al fondo, al lado de la Amparo. Y vigila que no se coma todo lo que encuentre, servilletas incluidas.
Atentos porque esto tiene miga. Háganse a la idea de que esto que les he dicho es sólo el principio. Ahora sí que ya empieza lo gordo, porque voy a contarles quién es mi tía Amparo y qué es lo que hace aquí.
A decir verdad, la Amparo es la tía de mi madre. Ochenta y pico años, y aún sigue viva. Qué mujer. Cuando aún estaba en sus cabales, siendo yo pequeño, me llamó idiota. Así, delante de todos. Y todo por no querer comer su maldita sopa, o algo así que no recuerdo bien, pero que mi hermano recuerda con todo lujo de detalles cada vez que todos intentan meterse conmigo en una de estas estúpidas comidas familiares. Pero el caso es que ahora la tía Amparo no es ni la sombra de lo que fue. Está senil. Tiene un Alzheimer de manual psiquiátrico. Es una chiflada de marca mayor, para que me entiendan. La historia es que, al morir su marido antes incluso de que yo naciera, le quedó una pensión bastante buena, y aún mantiene en propiedad un piso céntrico en una importante ciudad costera cercana a la nuestra. Yo sé que tiene, además, unos cuantos ceros en su cuenta.
Desde hace tres o cuatro o quizá cinco años, mi madre y sus hermanas la tienen metida en un geriátrico y sólo se turnan para sacarla un par de veces al año, siempre por estas fechas. De modo que pueden hacerse a la idea de lo solidarios que somos en esta familia. La Amparo se paga las mensualidades del geriátrico –una verdadera fortuna, al parecer– con su dinero, con la pasta que le renta el tener su piso alquilado. O eso al menos es lo que nos dice mi madre. Da igual. El caso es que la vieja no se entera de nada. Por lo visto, el año pasado, en año nuevo, todos estaban jugando al julepe o al bingo o a algún juego a la altura de sus coeficientes y cuando se quisieron dar cuenta la vieja se había bajado ella sola una bandeja entera de polvorones. De hecho, nadie se hubiese percatado de la jugada de no ser porque comenzó a hacer aspavientos y a vomitarse encima. Fue una pena haberme perdido el espectáculo, para una miserable vez que me dejan dormir tranquilo.
Me acerco a la tía con una de mis mejores sonrisas. Está sentada en un sofá. Yo ya la había visto al entrar al salón, pero ya les he dicho que no se entera de nada. Me agacho a la altura de su pelo violeta y de su nariz afilada y roja y le planto un beso. A través de los gruesos cristales de sus lentes, y esto lo pongo porque me causó una extraña impresión, observo, creo que por primera vez en mi vida, unos ojos tímidos, ausentes y nostálgicos, pero cargados con una notable presencia, algo casi sobrenatural, como si quisieran demostrar que aún están vivos. Pasan unos segundos hasta que creo que me reconoce y esa magia se disipa. ¿Seré yo? Intenta levantarse del sofá. Una vez. Dos.
Le dejo que me tome del antebrazo y la llevo a la mesa. Nos sentamos. Aparece por la puerta el marido de mi madre. Tampoco me apetece hablar de él. La gente dice que nos parecemos mucho. Incluso creí escuchar alguna vez que he copiado hasta sus gestos. Como si fuese mi padre. ¿Ustedes se imaginan? Menuda idiotez. El marido de mi madre saluda pero en vez de sentarse inmediatamente a la mesa, como suele hacer, gira en dirección al pasillo. Sé que va a ver a mi sobrino. Siempre es lo primero que hace cuando llega a casa y sabe que está. Todos tienen esa maldita costumbre. Nunca le dejan en paz.
Ahora intentaré escenificarles la colocación estratégica en el banquete, dispuesta por mi madre, de la familia al completo. Por orden, de izquierda derecha, empezando por la punta de la mesa que da a la ventana: yo, mi tía Amparo, el marido de mamá, mi hermano, mi sobrino, mi madre y la novia de mi hermano. Mi hermana se queda tumbada en el sofá. Nadie dice nada. Es un caso perdido. Dice que le duele la tripa. Verdaderamente, es para echarle de comer aparte. No me extraña que nadie la soporte. Creo que nos da igual, si no fuese por el niño. Al menos, el crío está bien. Bueno, todo lo bien que se puede estar dentro de una familia de lunáticos de campeonato. Acabo de decirles que nunca le dejan en paz. Debe ser realmente agotador.
En la mesa hay jamón, lomo ibérico, espárragos, croquetas de jamón y de bacalao, langostinos, foie de Las Landas y pastel de cabracho. Mi hermano charla con el marido de mi madre. Se llevan bien. Mi sobrino, entretanto, se levanta cada dos por tres de la mesa al sofá, del sofá a mi habitación y de mi habitación a la mesa. Es un terremoto. Un auténtico campeón. Con mi hermana fuera de combate y la novia de mi hermano en la cocina ayudando a mamá a preparar el cordero y el postre, parece que sólo quedamos la Amparo y yo. Mano a mano. Como en los viejos tiempos.
Como todos están distraídos o van a lo suyo, le preparo a la vieja tres lonchas de jamón. Se las come de una tacada, casi sin tragar. Una croqueta de jamón. Adentro. Más despacio. Le acerco al plato tres langostinos. Compruebo que no ha olvidado ni la sana costumbre de pelarlos ni la destreza adquirida al hacerlo, por haber vivido siempre cerca de un puerto marítimo primero y por hacer y deshacer los mismos patucos de lana mucho después, ininterrumpidamente, desde su enfermedad, lo que le ha hecho mantener una destreza y agilidad en los dedos impropia para una mujer con sus condiciones. La tía Amparo es una verdadera máquina: tarda en pelar los langostinos casi tan poco como en comerlos. Le pergeño un par de canapés de foie. Dos bocados cada uno.
–Te he puesto ahí para que la vigiles, no para que tengamos un disgusto. –Mi madre aparece para servir el vino.
–Déjala comer, coño. Para una vez que puede…
Mi madre me mira por encima de las gafas y vuelve a la cocina. Miro a mi tía, absorta y lánguida, con la mirada no ya perdida sino fija en un punto infinito, y vuelve a suceder algo extraño. Quiero decir, la observo de nuevo, y advierto en ella una terca e indolente vitalidad; una fuerza incomprensible en la mirada acuosa y solemne, como si viviera únicamente para estar ahí, sólo ahí y en ese momento, y como si esa extraña fuerza sólo se la dieran los alimentos, o más bien, el deseo inconfesable de comerlos. Durante el último lance con mi madre, y aprovechando el despiste, ha cogido una croqueta que ahora se lleva a la boca con su brazo mecánico, como el de los gatos de purpurina que venden los chinos en los bazares, con ese absurdo movimiento arriba y abajo cuya única función fuese comer, comer, comer. Al llevarse la mano a la boca, observo lo siguiente: un rastro de detritus nasal transparente que pende de su nariz le rodea la comisura de los labios hasta el punto de mancharse los dedos con ese líquido cuando su dentadura postiza, inclemente como un verdugo, secciona la croqueta en dos trozos desiguales.
–¡Mamá!… ¿Podrías limpiar a la tía?
Mi madre se acerca a la mesa, me mira. Agarra mi servilleta de papel y procede. Me mira, de nuevo, por encima las gafas. Joder, dice.
Y lo peor es que nadie se da cuenta. Se lo decía al principio. En esta familia, nadie se entera de nada. Mientras cada uno atiende a lo suyo, yo comienzo a sentir verdadero interés por la presencia de mi tía, de esa suerte de anciana curiosidad impasible que sólo mira y jamás dice absolutamente nada, ni una palabra; así que presten atención, porque ahora sí que ya viene lo importante de todo este asunto.
Con toda la calma del mundo, dispongo sobre el plato de mi tía Amparo los siguientes manjares, que enumeraré detalladamente porque el recuerdo perdura en mi memoria como si aún lo estuviera viendo: dos lonchas de jamón, dos lonchas de lomo ibérico, dos espárragos, una croqueta de jamón, una de bacalao, dos langostinos, un panecillo de foie y un pedazo más que generoso del principal estandarte del escudo heráldico de esta familia: el pastel de cabracho. Créanme, todo esto puede caber en un plato, si se acomoda con paciencia.
Durante unos segundos, la tía Amparo no hace nada sino mirar el plato, hasta que finalmente se encorva hacia él. Como si hubiese hecho esto mismo, día tras día, durante sus ochenta y tantos años, coge el cuchillo y el tenedor y muy sutilmente, haciendo gala de la exquisitez de sus costumbres, comienza a partir los alimentos, uno tras otro, con calma súbita, como un niño bien educado. Observo que no le tiembla el pulso. Observo también, atontado, durante un minuto o dos, cómo desmenuza los alimentos con la precisión meticulosa de un relojero de su tiempo, mientras los demás charlan o miran la tele. Pero eso no es todo. Fíjense: terminado el trabajo, mi tía, la tía Amparo, agarra la cuchara –¡la cuchara!– y comienza a sorber parsimoniosamente aquella miscelánea de alimentos concentrados para ella en una sola densidad, lentamente pero sin pausa; como si ahuecase la mano para tragar a grandes sorbos puñados de sal del Mar Muerto, como si la muerte fuese un espejismo en el fondo del plato y fuese necesario acabar cuanto antes con esa cicuta sólida para embarcarse con Caronte. Lo cierto es que permanecí tan fascinado ante el espectáculo que sólo pude mirarla sin atender a nada más. Se lo juro. Así que me dediqué durante un par de minutos más a admirar su indiferencia ante aquel plato de sopa imposible, de sopa de todo lo que mi familia puede compartir en Navidad y que no se diría que la vieja acababa de disfrutar especialmente, pero que comía, cucharada a cucharada, sin apenas detenerse. Es curioso, recuerdo haber pensado entonces, cómo hasta la locura más terrible tiene, a su vez, una lógica aplastante; cómo en los abismos de la oscuridad más insoportable el ser humano tiene la gallardía suficiente como para permitirse, casi con arrogancia, unos pequeños destellos de absoluta lucidez. Pero todo eso no quita para que en esta familia estemos todos chiflados. Creo que tienen ejemplos de lo que les hablo más que de sobra.
Después de comer, mi padre y mi hermano bajaron a la taberna a jugar la partida. La novia de mi hermano se quedó con mi madre ayudándola con los cacharros. Yo veía la tele con mi hermana cuando la Amparo volvía del baño con el tacataca. Mi madre la había ayudado hacía un momento a cambiarse el pañal. Veía la tele, decía, cuando mi hermana me dio un codazo en el costado y me señaló con la cabeza el sofá contiguo. La Amparo se había dejado caer a plomo, como una ballena vieja y cansada. Con la misma rotunda convicción que había mostrado comiéndose la sopa, se inclinó lo bastante como para coger del suelo una servilleta de papel, o un kleenex viejo, o algún papel pintado por mi sobrino, y se lo guardó dentro del sujetador, con esa orgullosa y descarada impunidad que ella sabía que le eximía de todo delito y condena. Mi hermana y yo ni siquiera nos miramos. Nuevamente la vieja era el centro de atención, esta vez también de mi hermana, y allí nos quedamos contemplándola. Parecía una actriz posando indiferente ante los flashes, sin mirar a otro infinito que al que tenía enfrente. Debíamos de parecer tres idiotas esperando el tren.
En ese mismo momento, mi sobrino entra por la puerta del salón, hablando en voz alta y montando escándalo. Nos mira a mi hermana y a mí, pero en su camino, avanza lo suficiente a través del salón, seguramente sin quererlo, como para quedarse a menos un metro de la tía. La cabeza de mi sobrino se coloca a la misma altura que el de mi tía sentada en el sofá, de modo que ahí están, frente a frente, muy cerca el uno del otro. La Amparo empieza como a rumiar en silencio. Mi sobrino se queda quieto. Se miran fijamente. El cruce de miradas hace eterno el instante. Para haberlo visto. Tendrían que estar allí para entenderlo. Dos generaciones separadas por otras dos vidas enteras; dos personas separadas por el hilo invisible de una corta distancia pero un tiempo insalvable. Mi sobrino la mira fijamente sin comprender nada. La vieja parecía comprenderlo todo. O quizá fuese al revés. Dos extraños que se miran por primera vez, aunque tal vez, pensé, se conocían desde siempre. Aunque puede que ni uno ni otro supiesen siquiera quiénes eran ellos mismos.
–Gustavo, vístete –le dije a mi sobrino –. Nos vamos al parque.
|