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Taller De Escritores ~ Revista de alumnos de la Escuela De Letras

Escuela De Letras: publicación de los alumnos

Taller De Escritores

Di que es mentira…
Autor: Javier Fernández Hernández
Revista De Letras
Taller De Escritores
It was the sweetness of your skin
It was the hope of all we might have been
That filled me with the hope to wish
Impossible things

The Cure TO WISH IMPOSSIBLE THINGS

Miraba desde el pequeño balcón el final de la estrecha y solitaria calle. El atardecer caía sobre el capó de los coches amontonados sobre la acera. Un pequeño gato blanco y gris cruzó lentamente y caminó por ella con la tranquilidad de un transeúnte despreocupado. El hombre apoyó los antebrazos en la barandilla y bajó la cabeza pesadamente exhalando un resoplido.
Pasó unos momentos así, mirando al suelo, quizá a su propia sombra. Su cabeza se levantó y, guiñando los ojos, contempló el charco de sangre que iba tiñendo el cielo. Entre sus dedos un cigarrillo desprendía una pequeña y continua línea de humo. Comprobó de nuevo la hora en el reloj de pulsera. Me pregunté que estaría esperando con tanta insistencia. Un violento ruido metálico llegó desde el portal y le hizo girarse. Seguí su mirada hasta un hombre gordo y medio calvo que vestía un delantal lleno de salpicaduras amarillas y negras. Echaba el cierre de la carnicería con la calma que aparece cuando termina la jornada de trabajo. Las farolas se encendieron parpadeando soñolientas y proyectando una luz metálica y fría sobre la calle.

En ese momento, su mano se posó con delicadeza en el hombro. Una sirena de policía chilló amortiguada tras la contraventana a medio echar. Apreté afectuosamente la mano sin darme la vuelta. La sentí húmeda, pequeña, cuadrada… El hombre del balcón se incorporó pesadamente y entró en su casa. Poco después, una luz amarilla iluminó el salón, poblándolo de sombras alargadas.

—Esto es una locura… será mejor…

Sus labios sobre mi nuca para silenciarme. Afuera, un muchacho sacaba los cubos de basura a la calle.

Me giré cegado ante la oscuridad de la habitación. La luz se filtraba por los huecos de la contraventana pintando el suelo con la sombra de unos barrotes alargados e inexistentes. Ahora veía pequeñas sombras y figuras recortadas. Sentí sus delgados brazos rodearme sin fuerzas y apoyar la cabeza en el pecho con un suspiro. Poco a poco comencé a distinguir el cuarto: el brillo casi fluorescente de las paredes pintadas de blanco que parecían cernirse sobre nosotros, la mesa de contrachapado que había sido decorara con papel imitación madera, la cama con dosel metálico de sábanas blancas y mantas grises, la silla de mimbre con el asiento hundido y el espejo que, extrañamente, era un pozo de oscuridad y no reflejaba nada.

Su rostro se elevó con aquella sonrisa torcida en sus labios. Con una mano se retiró un mechón de pelo que brilló fugazmente con un reflejo caoba, después, la llevó hasta mi pecho dejando que se deslizara, liberando con precisión cada botón que encontraban sus dedos. Comencé a soltarle la blusa de seda, imitándola, sentí la dura línea de sus clavículas, el roce con el encaje de su sujetador, el calor de su pecho, la firmeza de su vientre. Vi de reojo al hombre salir al balcón y observar otra vez el reloj de pulsera, pero ella se agarró con fuerza a las solapas de mi camisa y, tirando de mí, caímos sobre el colchón duro y frío con un chirrido metálico. Sus piernas me rodearon y yo me agarré a su cintura como un viejo avaro. En la oscuridad conversamos con el lenguaje del roce de la piel y los suspiros fatigosos, de las medias palabras y los cuerpos encontrados. El lenguaje victorioso del miedo finalmente superado.

Más tarde, dormía en mi hombro con labios entreabiertos, rostro de paz y el cabello enredado entre mis dedos; un ángel caído desde el cielo a mis brazos. Noté la piel húmeda de sudor y me sentí sucio y cansado. Una pereza caprichosa no quería romper aquel roce que me permitía estar en contacto con la realidad. Con mi realidad. Oí al camión de basura rugiendo en la calle.

“¿Y si se habían forzado demasiado las cosas?” Pensé. “¿Puede traernos algún mal todo esto? ¿Cómo nos puede afectar sin darnos cuenta o sin haberlo previsto?” Contemplé su rostro lleno de calma y un suspiro se formó en mi pecho. Recliné la cabeza sobre la almohada y me llegó un olor de lejía mezclado con rosas. El globo de cristal blanco que pendía del techo parecía brillar con la luz que se filtraba por las rendijas de la contraventana. La luz descubrió una pequeña grieta en la pulida y metálica superficie ovalada. Mirando su forma irregular más detenidamente, el pensamiento se extravió, y recordé lo que habíamos pasado juntos y cómo llegamos hasta aquí con tanta facilidad. Todo había ido como la seda, sin una sola pelea, siempre de mutuo acuerdo. Como en un sueño. Hasta nuestros amigos nos tenían como la pareja ideal tomándonos siempre como modelo. Pensé que tenía suerte.

Desde la ventana me llegó una voz potente. Escuché.

¿Te parecen estas horas de venir?
Lo siento, sé que llego tarde pero…
Ni peros ni hostias, ¿qué pasa? ¿Que no hay teléfono?
Me ha sido imposible, hoy he tenido que sustituir a una compañera que le ha surgido un problema con su hijo y hasta que ha podido volver…
Pero qué coño, yo también tengo problemas en mi trabajo pero cuando quedo contigo ¿a qué no te tiras tres horas esperándome?
Pero he venido ¿no?
A buenas horas, siempre me haces lo mismo, si no es una compañera es tu madre, sino, es el Papa de Roma. De verdad que no lo soporto.
(SOLLOZANDO) ¿Y que quieres que haga?
Es que no es la primera vez que discutimos por esta mierda. Siempre igual.
(ELLA COMIENZA A LLORAR)
(SILENCIO)

No pude evitar una sonrisa. Parecían mis padres. Me levanté lentamente, evitando que ella se despertara. El frío de las baldosas en los pies me despabiló. Miré al otro lado a través de los resquicios de madera. El hombre del balcón abrazaba a una mujer que tenía el rostro hundido en su pecho y su cuerpo se sacudía por el llanto. Él acariciaba su pelo como peinándolo y susurraba algo que no pude escuchar. Mónica y yo siempre acabábamos así, abrazados, al final de la violenta batalla que suponían las discusiones. Algo destructivo se sembraba en cada pelea y hacía de la convivencia un campo de minas. A veces, me llenaba de rencor e ira cuando era tan injusta y me criticaba tan certeramente. Llegó a hacerse insoportable el flujo de tanta adrenalina en nuestras citas. Pero ahora, quedan atrás esos momentos aunque, a veces, echo tremendamente de menos la calma con la que nos abrazábamos después de la tormenta. En esos momentos, también la echo de menos a ella. Aunque no puedo explicar con claridad por qué.

Los veo abrazarse con más fuerza a través de la ventana entreabierta del balcón. Vuelven a hablar. Puedo escuchar sus voces amortiguadas.

Lo siento mujer, ya sabes el pronto que tengo y lo burro que me pongo.
He hecho todo lo posible para venir pronto.
(ACARICIÁNDOLE EL PELO, CON VOZ TEMBLOROSA) Ya lo sé cariño, ya lo sé. Lo siento mucho. Soy un estúpido y un egoísta. Siempre quiero tenerte a mi lado lo antes posible y que me prestes atención sólo a mí. Se me olvida que tienes una vida, sueños, obligaciones, proyectos… y no tengo derecho a anulártelos ni ha pedirte que prescindas de ellos. ¿Me perdonas?
(ELLA SONRÍE Y LE BESA, SE ENJUGA LAS LAGRIMAS) Sabes que te quiero y no deseo que nada nos separe.
Sí. Lo sé. Yo también lo deseo. Pero a veces, lo deseo demasiado fuerte.
(SE BESAN Y MARCHAN A OTRA HABITACIÓN)

De nuevo me giré, y en la penumbra, me pareció ver a Mónica tumbada en la cama, esperando mi regreso con confianza. Tuve la sensación de estar viviendo aquel día. El día que nos sorprendió la lluvia en medio de una discusión sobre quien se había dejado el paraguas en el pub. Calados hasta los huesos, la pelea nos llevó hasta la habitación de un hostal donde le pedí perdón por mi error y ella se disculpó por su manera de hacerme ver las cosas. Nos prometimos de palabra y de alma que no nos separaríamos. Aquel compromiso duplicó nuestras peleas. Dos semanas después la dejaba, buscando un poco de serenidad en mi agitada vida. En realidad, volviendo a la comodidad de vivir solamente con uno mismo. Comprendo lo que echo de menos de ella: Tenía el don de hacerme crecer.

La imagen se borró súbitamente, remplazada por una imitación, un retrato de Mónica. Sentí un escalofrío en el centro de la espalda. Lánguidamente entré en la cama, al lado de aquella imagen. No me sorprendí cuando su brazo se posó en mi torso y me pareció huesudo y muerto, recubierto de una piel dura como el cuero. Sin embargo, me abracé a ella como el madero que flota en el mar tras el naufragio.

03-04-08, 12:33 - Autor: Javier Fernández Hernández -  Enviar página

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